miércoles, 3 de agosto de 2011

Tu carta.

Acabo de encontrar una carta en el fondo de una caja que tenía en el armario, una caja que no recordaba haber comprado nunca y esta carta que no recordaba haber recibido nunca.
Pues bien, esa carta, era tuya. En ella podía reconocerte, podía recordar todo lo que había olvidado sobre ti. Podía encontrar cada detalle que hizo que me enamorase de ti. Cada palabra que escribiste me recuerda ahora a cada momento que pasamos juntos. Cada trazo, cada letra escrita de una forma personal y única, cada coma y cada punto me traía a la mente cada caricia que me hizo sentir como si estuviese en las nubes, y cada beso que me hacía perder totalmente la razón, la cabeza. Perder la cabeza por ti, eso es lo que más me gustaba; la gente podía pensar que estaba loca, sí, loca pero feliz. Más feliz como nunca lo había estado y como creo, nunca lo estaré.
He llegado al final de la carta, he leído demasiadas cosas, me han traído demasiados recuerdos, me han venido demasiadas ideas que quería compartir, demasiados planes que tenía para hacer contigo, demasiadas palabras que debería haberte dicho y que por alguna razón que desconozco no llegué a decirte. Sólo espero que tú no hayas olvidado todo esto que acabo de leer… Todo eso que algún día escribiste y que algún día sentiste por mí.
Yo, no te he olvidado, no quiero olvidarte.
Y he de reconocer algo: sí recordaba haber comprado esa caja y sí recordaba haber recibido esa carta. Tal vez tú también tengas en tu armario alguna caja que no recuerdas haber comprado con una carta que no recuerdas haber recibido… ábrela, y recuerda todo lo que te hizo feliz una vez, todo eso y mucho más.

~ Kay.

domingo, 20 de marzo de 2011

Una tarde de domingo.


   El invierno se ha presentado puntual pero más frío que nunca.

   Vas caminando por la calle, hace sol pero notas como el aire helado te da en la cara; las mejillas te arden. Llevas las manos metidas en los bolsillos, no quieres sacarlas porque sabes que no serán bien recibidas fuera de ellos.

   Las calles están llenas de gente que pasea y puedes ver como el vaho se evapora cuando alguna de ellas habla, en cambio; otras tantas han decidido quedarse en el interior de los locales, a salvo de las bajas temperaturas.

   Prosigues tu camino, te cruzas con todo tipo de persona, ves todo tipo de calle, atraviesas todo tipo de plaza pero tus pies no se paran, no se cansan de trabajar. Y comienzan a dolerte pero no te detienes por ello; no eres tan débil.

   Llega un momento en el que te preguntas a dónde vas, has llegado a un cruce y tienes que elegir pero te das cuenta de que no lo sabes, y llegas a la conclusión de que no te importa; sólo das gracias por poder respirar, por poder estar ahí para al menos, poder ir a algún sitio, poder ver por donde vas, poder experimentar, poder evolucionar.

   Miras hacia el cielo y sonríes al ver que el brillo del sol sigue ahí, intentando llegar a ti con su calor sin conseguirlo. En un rato desaparecerá, sí, pero mañana volverá a intentar combatir el frío aunque aún quedan unos meses para que consiga ganar la batalla.

“No te preocupes”, piensas “yo estaré aquí esperándote, siempre. No hay prisa”

domingo, 6 de marzo de 2011

Malos momentos.


Hay momentos en la vida en los que darías lo que fuera por volver atrás, por cambiar el presente, por desaparecer o simplemente poder irte lejos, muy lejos.

Hay momentos en los que piensas que no se puede ser peor persona (aunque hayas hecho lo considerado “correcto”), que no hay nada que te anime, que te haga cambiar lo que hay en tu cabeza (o aunque sea, apartarlo temporalmente) y que no hay nadie que pueda ayudarte a sentir mejor.

Hay momentos en los que tienes miedo, miedo por un gran cambio, un cambio para el que no estás preparada: el perder a alguien; un alguien demasiado especial e importante en tu vida.

Y lo peor es que ves que no puedes hacer nada por evitarlo.