El invierno se ha presentado puntual pero más frío que nunca.
Vas caminando por la calle, hace sol pero notas como el aire helado te da en la cara; las mejillas te arden. Llevas las manos metidas en los bolsillos, no quieres sacarlas porque sabes que no serán bien recibidas fuera de ellos.
Las calles están llenas de gente que pasea y puedes ver como el vaho se evapora cuando alguna de ellas habla, en cambio; otras tantas han decidido quedarse en el interior de los locales, a salvo de las bajas temperaturas.
Prosigues tu camino, te cruzas con todo tipo de persona, ves todo tipo de calle, atraviesas todo tipo de plaza pero tus pies no se paran, no se cansan de trabajar. Y comienzan a dolerte pero no te detienes por ello; no eres tan débil.
Llega un momento en el que te preguntas a dónde vas, has llegado a un cruce y tienes que elegir pero te das cuenta de que no lo sabes, y llegas a la conclusión de que no te importa; sólo das gracias por poder respirar, por poder estar ahí para al menos, poder ir a algún sitio, poder ver por donde vas, poder experimentar, poder evolucionar.
Miras hacia el cielo y sonríes al ver que el brillo del sol sigue ahí, intentando llegar a ti con su calor sin conseguirlo. En un rato desaparecerá, sí, pero mañana volverá a intentar combatir el frío aunque aún quedan unos meses para que consiga ganar la batalla.
“No te preocupes”, piensas “yo estaré aquí esperándote, siempre. No hay prisa”
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